domingo, 27 de marzo de 2016

Un verano en la playa


Tus pies hinchados. La piel húmeda y pegajosa al contacto con la piel ajena o con las mismas prendas que llevas puestas.

Es esa sensación que te da cuando tu cuerpo se calienta hasta un punto, que el único remedio es asomarte a un balcón y levantar tus brazos para que la brisa del alba de un verano en la playa, se estrelle contra tu cuerpo, ahora desnudo, y arranque de raíz tus angustias más mundanas y viscerales. Es ese tierno estímulo que recorre cada una de tus extremidades, sacándote una sonrisa llena de júbilo y alivio.


Aun así, te pones algo de ropa y sales a caminar. Tus pies, aun hinchados, ahora se resecan al contacto con la arena.

Cada grano hace su mejor esfuerzo para masajear la planta de tus pies, aunque ellos rechazan ese gesto con indiferencia y solo se hinchan y resecan más, como muestra de su odio y desprecio.

Con cada paso que das, el viento camina a tu lado. Minuto a minuto sus suaves caricias se van trasformando en hoscos empujones que juegan a tirarte al suelo. Estás impedido para moverte con libertad y total autonomía.

Ahora, cada ventisca es una fuerza externa que busca truncar tu andar. Cierras tus ojos porque el aire va cargado con esquirlas; pequeños granos de arena que como diminutos insectos rastreadores buscan su camino hacia tus pupilas para opacar tu visión y mitigar el impacto de tu mirada.

Entonces te petrificas. Como una roca, aceptas que la naturaleza es más fuerte y fluyes con ella. Cierras tus parpados, te sientas en el suelo y te sientes. En ese momento, te das cuenta de que no hay enemigos ni rivales que te acechen.

Solo te abraza el sol, el viento, el agua y la arena. Tu mente te suelta y viajas hacia el último recuerdo que emula la sensación de calma que te invade en esos instantes, acompañada de rezagos de la pesadumbre ya pasada.

De repente, entras en estado de alerta cuando sientes la presión de pequeños pasos entre tu espalda, tus hombros y cuello. Quizá sea un animal que se posó y empezó a caminar sobre ti, bordeando tu cuello, no lo sabes.

Cada paso tiene su propio ritmo y tiempo que excitan y seducen a medida que se acercan con cautela a la última ocasión cuando te dieron un masaje de pasión en tu cuello.

Con lentitud, una leve sonrisa se va esbozando en tu rostro y con la inocencia que acompaña los momentos de dicha, gozo y gloria, abres tus parpados con cuidado para solventar la intriga sobre la identidad de los dedos caminantes de un verano en la playa.

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