Tus pies hinchados. La piel
húmeda y pegajosa al contacto con la piel ajena o con las mismas prendas que
llevas puestas.
Es esa sensación que te da cuando
tu cuerpo se calienta hasta un punto, que el único remedio es asomarte a un
balcón y levantar tus brazos para que la brisa del alba de un verano en la
playa, se estrelle contra tu cuerpo, ahora desnudo, y arranque de raíz tus
angustias más mundanas y viscerales. Es ese tierno estímulo que recorre cada
una de tus extremidades, sacándote una sonrisa llena de júbilo y alivio.
Aun así, te pones algo de ropa y
sales a caminar. Tus pies, aun hinchados, ahora se resecan al contacto con la
arena.
Cada grano hace su mejor esfuerzo
para masajear la planta de tus pies, aunque ellos rechazan ese gesto con
indiferencia y solo se hinchan y resecan más, como muestra de su odio y
desprecio.
Con cada paso que das, el viento
camina a tu lado. Minuto a minuto sus suaves caricias se van trasformando en
hoscos empujones que juegan a tirarte al suelo. Estás impedido para moverte con
libertad y total autonomía.
Ahora, cada ventisca es una
fuerza externa que busca truncar tu andar. Cierras tus ojos porque el aire va
cargado con esquirlas; pequeños granos de arena que como diminutos insectos
rastreadores buscan su camino hacia tus pupilas para opacar tu visión y mitigar
el impacto de tu mirada.
Entonces te petrificas. Como una
roca, aceptas que la naturaleza es más fuerte y fluyes con ella. Cierras tus
parpados, te sientas en el suelo y te sientes. En ese momento, te das cuenta de
que no hay enemigos ni rivales que te acechen.
Solo te abraza el sol, el viento,
el agua y la arena. Tu mente te suelta y viajas hacia el último recuerdo que
emula la sensación de calma que te invade en esos instantes, acompañada de
rezagos de la pesadumbre ya pasada.
De repente, entras en estado de
alerta cuando sientes la presión de pequeños pasos entre tu espalda, tus hombros
y cuello. Quizá sea un animal que se posó y empezó a caminar sobre ti,
bordeando tu cuello, no lo sabes.
Cada paso tiene su propio ritmo y
tiempo que excitan y seducen a medida que se acercan con cautela a la última
ocasión cuando te dieron un masaje de pasión en tu cuello.
