viernes, 30 de octubre de 2015

Cáfe y Musica

Era la mañana de un martes de una semana de julio de este año. No recuerdo la fecha exacta.

Ese día me encontré muy entusiasmado al llegar a mi trabajo. A través de mis ojos entro la imagen resonante y poderosa de un gran edificio café, cruce el pasillo principal y pase mis pertenencias por el detector de metales, sonriéndole a  los vigilantes que aguardaban con poses estáticas y miradas muertas el paso de mi presencia.

Saque mi tarjeta de acceso, aquel objeto casi todopoderoso que se presta para facilitar mi objetivo de llegar acuciosamente a mi puesto, y entre usándola como siempre lo hago. Luego, apresure mi paso y tome el ascensor indicándole con marcada determinación el piso en el cual se encuentran las oficinas donde desempeño mi labor.

Me baje del ascensor en el piso seleccionado y camine por el pasillo extenso, extenso como una pasarela de modas, que indicaba el camino hacia la empresa con la cual tengo un contrato. Al final de mi sendero, volví a usar mi tarjeta rozándola bruscamente por el lector de accesos. Como si fuera por arte de magia (magia que me deslumbra de vez en cuando), un sonido electrónico me indico que el portón de cristal reforzado se había abierto y cruce el umbral que separa a la inmensa pasarela de moda con el corazón de las oficinas donde me ocupo como trabajador de un departamento, o como ejecutivo.

Inmediatamente una luz artificial y cegadora vulnero mis retinas y mientras me adapte a su fuerza y su coraje, ella la luz, me fue mostrando una salita de café, un espacio pequeño donde está permitida la interacción humana sin propósito corporativo. Esta pequeña sala tiene un sillón y máquinas expendedoras de bebidas calientes, agua y comida chatarra. Es una sala de transición que todos los días me prepara para el cambio del bullicio de la calle, su mundanidad y su extraña espontaneidad, hacia la pragmática y programática orquesta de una oficina con su incansable percusión de teclados de computadoras, el ulular incesante de teléfonos celulares y el a capela de voces desordenadas que juguetean con el idioma inglés y el español.

Cruce la pequeña salita de café para hallarme de nuevo en otro pasillo, una pasarela más pequeña que cruza de sur a norte este pedazo de piso y que siempre es mi guía para acercarme mucho más a mi zona de trabajo. Seguí la ruta que ya me conozco de memoria y en el recorrido saludaba a mis colegas vecinos creando una voz gruesa y ronca, con una sonrisa amable y cariñosa. Ambas reflejaban como el agua mi estado de ánimo aquella mañana.

Cuando llegue a mi rincón, prepare mis cosas y empecé mi jornada diaria de asignaciones y responsabilidades laborales dispuesto a gozarme el presente, el aquí y el ahora.
Pasaron un par de horas. Mi concentración estaba enfocada en un monitor y en papeles que me rodeaban por todos los flancos, pero no me había percatado de la presencia de una colega, una amiga que paso a visitarme y que la voy a llamar L.

L es una mujer muy bonita, tiene un rostro risueño, una mirada, una sonrisa y una voz, todos testificando que ha tenido pocas experiencias, pero todas aquellas muy gratas y vigorosas en su vida.
Su objetivo fue claro. Me saludo y quiso saber cómo estaba y como iba todo conmigo. Yo le dije que todo estaba muy bien pero tenía muchas ganas de tomarme un café y le pregunte si podíamos ir conversando de camino a la salita donde podía conseguirlo. Ella asintió con su cabeza y tomo las riendas de nuestro rumbo y de nuestra conversación. Tomamos como destino la sala donde podía matar mi antojo.
De vuelta la sala de la transición, L se ubicó en un extremo y yo, (no tengo claro el por qué) al extremo contrario; ella de frente a mi dándole la espalda al sillón, señalándome con la punta de sus pies fijamente pero sus ojos luchando y flaqueando para mantener la conexión con los míos y yo, de pie también, dándole la espalda al portón de cristal, justo al lado de las máquinas expendedoras. Esos eran nuestros puestos.

Durante toda la conversación me contó hechos especiales que le habían ocurrido el fin de semana que ya había pasado. Anécdotas con su familia, sus amigos. Yo la escuchaba atentamente ignorando la orquesta que nos acompañaba de trasfondo, y le confirmaba la comprensión de sus mensajes y propósitos afirmando con mi voz y mis palabras. Todo esto siempre manteniendo esa extraña distancia.

Esta curiosa dinámica en nuestro dialogo se mantuvo incluso, cuando yo me acerque a la máquina de café y di fin último a mi capricho. Yo hablaba y ella aportaba. Sin importar a donde me moviera, ella mantenía su distancia, nuestra distancia.

Cuando retorne a mi posición original dentro de la sala, L empezó a caminar tranquilamente hacia mí, pero me equivocaba. En realidad dirigía su andar con sus ojos puestos en la máquina de comida chatarra y entonces sucedió.

Ella caminaba hacia la máquina. Me seguía hablando, yo le contestaba y así nos vimos dialogando, dándonos la espalda. L con su suave mirada enfilada en la comida chatarra y yo observando el espacio vacío que ella acababa de dejar enfrente al sillón. Nuestra distancia había cambiado, casi que rozando nuestros hombros, mirando con nuestros cuerpos los objetos inanimados.

Esperaba que mi reacción fuera girar mi cabeza y mirar hacia ella. Paso todo lo contrario. Seguimos hablando como un par de lunáticos hablándole a personas ausentes y yo empecé a caminar dirigiéndome al vacío que L había dejado originalmente. Yo me apropie de su puesto y ella del mío.

Con un movimiento natural y espontaneo, volvimos a encontrarnos mirándonos y dialogando. Ahora notaba que la batería de nuestra conversación se estaba agotando y cuando presentí que llegábamos al final de nuestros intercambios, dimos unos pasos hacia adelante, acercándonos y dimos por terminada nuestra charla y nuestro descanso.

L se despidió de mi con una sonrisa brillante y un ademan que contenía indicios de un adiós perpetuo. Por mi parte, levante mi mano derecha dibujando con ella un hasta luego, acompañándolo con una calmada sonrisa. L abrió el portón y cruzo el umbral de cristal sin mirar atrás. Yo ya había empezado mi retorno a mi estación de trabajo.

Una vez sentado en mi silla, fui consciente que al terminarme mi café sentí alegría, euforia y debo confesar también, bastante cansancio. Era como si hubiera bailado. Un café, una charla, música y un baile. Caí en cuenta que el reloj de mi mesa sonaba a medio día y que ya había terminado la mitad de mi trabajo.

viernes, 2 de octubre de 2015

CIUDAD COLORES


Pequeños islotes se levantan de su sueño, estiran sus extremidades y mientras tanto, van ocupando una gran circunferencia que alcanza a rozar piernas, invadiendo las intimidades de su vecino más cercano pero este, ni se inmuta ni se queja.

Un mar de pavimento sostiene esqueletos de lo que alguna vez fue una población más fauna, más verde, más blanca.

Ahora solo hay azul, gris y negro.

Tres colores que no alcanzan a formar un asentamiento, pero son ellos los únicos que distinguen a este paisaje innato que me hipnotiza.

De vez en cuando se asoma un rojo y llama la atención de todos. Los grises claros aseguran que de rojo ni un pelo demuestra, que naranja es su seno. Un negro grita, lo niega todo. Dice que es  amarillo. El rojo ni se da por enterado ni aludido. Visita cada islote de vez en cuando y al final, termina despidiéndose sin decir ni un hasta luego.

Luego, cuando la luz del día se abraza con Morfeo, el paisaje se arropa en el manto de la noche arrullándose con el canto del astro que la llama.

Entraban y salían cafés, y verdes, y violetas y amarillos. No demoran en su visita. Pareciese que este paraje es más algo furtivo y pasajero que destino. No, no es un destino.

Y yo aquí sentado, cómodo y departiendo me dibujaba una sonrisa con propósito. Porque pienso, siento y atesoro aquel recuerdo, aquella vez que un rosado se detuvo por un momento. Era un magenta claro que juraba ser agua marina, pero su sonrisa roja y su alma blanca no me confundían. Y ella se sentó y entonces no supe que color era. Me dijo algo que no recuerdo y yo solo la miraba y me preguntaba ¿cuánto tiempo era?, ¿quién era ella?

La luna entro en receso y de repente ya no había colores, ni olas ni mares. Sola estaba ella. Me levante de mi puesto, fije mi mirada en su centro y guarde el rosado en mi cabeza.


Sabía para mis adentros que el rosado era el color más  salvaje  y fauno. Que seguramente jamás volvería a verla. 


NUESTRAS SOMBRAS

Al fin y al cabo Luciana no tenía ni idea si sus pinturas iban a lograr el impacto que ella buscaba. De hecho, no tenía claro si le i...