Era la mañana de un martes de una
semana de julio de este año. No recuerdo la fecha exacta.
Ese día me encontré muy
entusiasmado al llegar a mi trabajo. A través de mis ojos entro la imagen
resonante y poderosa de un gran edificio café, cruce el pasillo principal y
pase mis pertenencias por el detector de metales, sonriéndole a los vigilantes que aguardaban con poses
estáticas y miradas muertas el paso de mi presencia.
Saque mi tarjeta de acceso, aquel
objeto casi todopoderoso que se presta para facilitar mi objetivo de llegar
acuciosamente a mi puesto, y entre usándola como siempre lo hago. Luego,
apresure mi paso y tome el ascensor indicándole con marcada determinación el
piso en el cual se encuentran las oficinas donde desempeño mi labor.
Me baje del ascensor en el piso
seleccionado y camine por el pasillo extenso, extenso como una pasarela de
modas, que indicaba el camino hacia la empresa con la cual tengo un contrato.
Al final de mi sendero, volví a usar mi tarjeta rozándola bruscamente por el
lector de accesos. Como si fuera por arte de magia (magia que me deslumbra de
vez en cuando), un sonido electrónico me indico que el portón de cristal
reforzado se había abierto y cruce el umbral que separa a la inmensa pasarela
de moda con el corazón de las oficinas donde me ocupo como trabajador de un
departamento, o como ejecutivo.
Inmediatamente una luz artificial
y cegadora vulnero mis retinas y mientras me adapte a su fuerza y su coraje,
ella la luz, me fue mostrando una salita de café, un espacio pequeño donde está
permitida la interacción humana sin propósito corporativo. Esta pequeña sala
tiene un sillón y máquinas expendedoras de bebidas calientes, agua y comida
chatarra. Es una sala de transición que todos los días me prepara para el
cambio del bullicio de la calle, su mundanidad y su extraña espontaneidad,
hacia la pragmática y programática orquesta de una oficina con su incansable
percusión de teclados de computadoras, el ulular incesante de teléfonos
celulares y el a capela de voces desordenadas que juguetean con el idioma
inglés y el español.
Cruce la pequeña salita de café
para hallarme de nuevo en otro pasillo, una pasarela más pequeña que cruza de
sur a norte este pedazo de piso y que siempre es mi guía para acercarme mucho
más a mi zona de trabajo. Seguí la ruta que ya me conozco de memoria y en el
recorrido saludaba a mis colegas vecinos creando una voz gruesa y ronca, con
una sonrisa amable y cariñosa. Ambas reflejaban como el agua mi estado de ánimo
aquella mañana.
Cuando llegue a mi rincón,
prepare mis cosas y empecé mi jornada diaria de asignaciones y
responsabilidades laborales dispuesto a gozarme el presente, el aquí y el
ahora.
Pasaron un par de horas. Mi
concentración estaba enfocada en un monitor y en papeles que me rodeaban por
todos los flancos, pero no me había percatado de la presencia de una colega,
una amiga que paso a visitarme y que la voy a llamar L.
L es una mujer muy bonita, tiene
un rostro risueño, una mirada, una sonrisa y una voz, todos testificando que ha
tenido pocas experiencias, pero todas aquellas muy gratas y vigorosas en su
vida.
Su objetivo fue claro. Me saludo
y quiso saber cómo estaba y como iba todo conmigo. Yo le dije que todo estaba
muy bien pero tenía muchas ganas de tomarme un café y le pregunte si podíamos
ir conversando de camino a la salita donde podía conseguirlo. Ella asintió con
su cabeza y tomo las riendas de nuestro rumbo y de nuestra conversación.
Tomamos como destino la sala donde podía matar mi antojo.
De vuelta la sala de la
transición, L se ubicó en un extremo y yo, (no tengo claro el por qué) al
extremo contrario; ella de frente a mi dándole la espalda al sillón,
señalándome con la punta de sus pies fijamente pero sus ojos luchando y
flaqueando para mantener la conexión con los míos y yo, de pie también, dándole
la espalda al portón de cristal, justo al lado de las máquinas expendedoras. Esos
eran nuestros puestos.
Durante toda la conversación me
contó hechos especiales que le habían ocurrido el fin de semana que ya había
pasado. Anécdotas con su familia, sus amigos. Yo la escuchaba atentamente
ignorando la orquesta que nos acompañaba de trasfondo, y le confirmaba la
comprensión de sus mensajes y propósitos afirmando con mi voz y mis palabras.
Todo esto siempre manteniendo esa extraña distancia.
Esta curiosa dinámica en nuestro
dialogo se mantuvo incluso, cuando yo me acerque a la máquina de café y di fin
último a mi capricho. Yo hablaba y ella aportaba. Sin importar a donde me
moviera, ella mantenía su distancia, nuestra distancia.
Cuando retorne a mi posición
original dentro de la sala, L empezó a caminar tranquilamente hacia mí, pero me
equivocaba. En realidad dirigía su andar con sus ojos puestos en la máquina de
comida chatarra y entonces sucedió.
Ella caminaba hacia la máquina.
Me seguía hablando, yo le contestaba y así nos vimos dialogando, dándonos la
espalda. L con su suave mirada enfilada en la comida chatarra y yo observando
el espacio vacío que ella acababa de dejar enfrente al sillón. Nuestra
distancia había cambiado, casi que rozando nuestros hombros, mirando con
nuestros cuerpos los objetos inanimados.
Esperaba que mi reacción fuera
girar mi cabeza y mirar hacia ella. Paso todo lo contrario. Seguimos hablando
como un par de lunáticos hablándole a personas ausentes y yo empecé a caminar
dirigiéndome al vacío que L había dejado originalmente. Yo me apropie de su puesto
y ella del mío.
Con un movimiento natural y
espontaneo, volvimos a encontrarnos mirándonos y dialogando. Ahora notaba que
la batería de nuestra conversación se estaba agotando y cuando presentí que
llegábamos al final de nuestros intercambios, dimos unos pasos hacia adelante,
acercándonos y dimos por terminada nuestra charla y nuestro descanso.
L se despidió de mi con una
sonrisa brillante y un ademan que contenía indicios de un adiós perpetuo. Por
mi parte, levante mi mano derecha dibujando con ella un hasta luego,
acompañándolo con una calmada sonrisa. L abrió el portón y cruzo el umbral de
cristal sin mirar atrás. Yo ya había empezado mi retorno a mi estación de
trabajo.
