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Un mar de pavimento sostiene
esqueletos de lo que alguna vez fue una población más fauna, más verde, más
blanca.
Ahora solo hay azul, gris y
negro.
Tres colores que no alcanzan a
formar un asentamiento, pero son ellos los únicos que distinguen a este paisaje
innato que me hipnotiza.
De vez en cuando se asoma un rojo
y llama la atención de todos. Los grises claros aseguran que de rojo ni un pelo
demuestra, que naranja es su seno. Un negro grita, lo niega todo. Dice que es amarillo. El rojo ni se da por enterado ni
aludido. Visita cada islote de vez en cuando y al final, termina despidiéndose sin
decir ni un hasta luego.
Luego, cuando la luz del día se
abraza con Morfeo, el paisaje se arropa en el manto de la noche arrullándose
con el canto del astro que la llama.
Entraban y salían cafés, y verdes,
y violetas y amarillos. No demoran en su visita. Pareciese que este paraje es más
algo furtivo y pasajero que destino. No, no es un destino.
Y yo aquí sentado, cómodo y departiendo
me dibujaba una sonrisa con propósito. Porque pienso, siento y atesoro aquel
recuerdo, aquella vez que un rosado se detuvo por un momento. Era un magenta
claro que juraba ser agua marina, pero su sonrisa roja y su alma blanca no me confundían.
Y ella se sentó y entonces no supe que color era. Me dijo algo que no recuerdo
y yo solo la miraba y me preguntaba ¿cuánto tiempo era?, ¿quién era ella?
La luna entro en receso y de
repente ya no había colores, ni olas ni mares. Sola estaba ella. Me levante de
mi puesto, fije mi mirada en su centro y guarde el rosado en mi cabeza.
Sabía para mis adentros que el
rosado era el color más salvaje y fauno. Que seguramente jamás volvería a
verla.

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