viernes, 2 de octubre de 2015

CIUDAD COLORES


Pequeños islotes se levantan de su sueño, estiran sus extremidades y mientras tanto, van ocupando una gran circunferencia que alcanza a rozar piernas, invadiendo las intimidades de su vecino más cercano pero este, ni se inmuta ni se queja.

Un mar de pavimento sostiene esqueletos de lo que alguna vez fue una población más fauna, más verde, más blanca.

Ahora solo hay azul, gris y negro.

Tres colores que no alcanzan a formar un asentamiento, pero son ellos los únicos que distinguen a este paisaje innato que me hipnotiza.

De vez en cuando se asoma un rojo y llama la atención de todos. Los grises claros aseguran que de rojo ni un pelo demuestra, que naranja es su seno. Un negro grita, lo niega todo. Dice que es  amarillo. El rojo ni se da por enterado ni aludido. Visita cada islote de vez en cuando y al final, termina despidiéndose sin decir ni un hasta luego.

Luego, cuando la luz del día se abraza con Morfeo, el paisaje se arropa en el manto de la noche arrullándose con el canto del astro que la llama.

Entraban y salían cafés, y verdes, y violetas y amarillos. No demoran en su visita. Pareciese que este paraje es más algo furtivo y pasajero que destino. No, no es un destino.

Y yo aquí sentado, cómodo y departiendo me dibujaba una sonrisa con propósito. Porque pienso, siento y atesoro aquel recuerdo, aquella vez que un rosado se detuvo por un momento. Era un magenta claro que juraba ser agua marina, pero su sonrisa roja y su alma blanca no me confundían. Y ella se sentó y entonces no supe que color era. Me dijo algo que no recuerdo y yo solo la miraba y me preguntaba ¿cuánto tiempo era?, ¿quién era ella?

La luna entro en receso y de repente ya no había colores, ni olas ni mares. Sola estaba ella. Me levante de mi puesto, fije mi mirada en su centro y guarde el rosado en mi cabeza.


Sabía para mis adentros que el rosado era el color más  salvaje  y fauno. Que seguramente jamás volvería a verla. 


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