miércoles, 19 de julio de 2017

EL HOMBRE DE LOS ZAPATOS NEGROS





¿Qué es un lecho de muerte?

Se podría pensar que un lecho de muerte es un escenario que invoca solamente emociones negativas, colores oscuros que opacan el entusiasmo y la buena energía; como la música que lentamente va consumiendo la vitalidad de los asistentes, como si el difunto quisiera llevarse consigo hasta la última gota del último rio lleno de vida.

Pero para Jaime no fue esta su situación. Por el contrario, al estar en lecho de muerte de su padre, fue capaz de recobrar aquella sonrisa olvidada entre los escombros de su antigua alma, aquella alma que todos solían conocer y que no permitió su aparición hasta este afligido momento.

Él supo en ese instante que su padre le había dejado un legado importante, definitivamente el viejo sabía algo y fue su mayor regalo.

¡Claro que el viejo si sabía algo! Conocía a su hijo de toda su vida.

Desde niño, Jaime siempre necesitaba anticiparse a sus necesidades y a la de los demás. Era un estratega excelente que muchas veces podía leer los movimientos de los jugadores de futbol y baloncesto que veía en televisión. Era un muchacho tan observador que en varias ocasiones predecía las respuestas emocionales de una persona que acababa de conocer.

Todos los días dejaba perplejos a sus familiares, y ellos decían que el muchacho tenía un don especial por el cual iba ser muy famoso.

Pues Jaime creció y ya siendo un adulto joven se dedicó de profesión a ser comerciante y apostador. Estos trabajos le exigieron al máximo el uso de su don especial y llego a dominarlo totalmente. Entonces así fue que nació y entro en escena el hombre de los zapatos negros.

Paso el tiempo y el mundo se acostumbró a la presencia de este hombre particular que no sonreía porque ya nada lo asombraba. Olvidaron al antiguo Jaime. Los más escépticos llegaron a poner en tela de juicio su habilidad y lo retaban constantemente para que pudiera predecir los designios del planeta y de la sociedad.

El hombre de los zapatos negros sintió mucha presión sobre sus hombros y decidió buscar el consejo de su padre.

El viejo, con un semblante neutro y con aires bohemios y eruditos, le dijo:

-        -  Hijo, toda tu vida te he visto hacer muchas cosas increíbles, y a veces, insólitas. Yo creo que es hora de soltar ese don y procurar vivir bajo tus propios términos. No sé cuáles son, pero te vas a sorprender de las cosas que hay en la vida que no se pueden predecir ni controlar. Va a existir la frustración, pero eventualmente te vas a sentir muy feliz.

El mensaje fue claro y contundente pero el oyente no lo comprendió del todo.

El decidió ignorar las demandas de los escépticos y usar su habilidad solamente para sus oficios.

De repente, un día mientras atendía una reunión de negocios, su secretaria le marco a su celular. El ignoro la llamada, pero luego recibió un mensaje de texto que sintió como una cachetada en la cara:

“Señor Jaime, su padre está en el hospital, grave. Hospital Santa Marta”

Su rostro, cambio espontáneamente mostrando una expresión llena de terror, ansiedad y miedo. El apenas pudo disculparse con sus clientes mientras salía corriendo hacia el hospital.

En el camino, su mente viajo y divago por muchos lugares, recuerdos y pensamientos. Pero siempre sobresalía un sentimiento por encima de los otros: La culpa.

Jaime se sentía aplastado y achacado como un desahuciado porque en ningún momento vio venir este acontecimiento con su padre. Su don natural nunca le dio claves, datos o pistas que él pudo haber analizado y con los cuales pudo actuar para evitar, o al menos, estar preparado para lidiar con esta situación.

Él se imaginaba una enfermedad, y cuando llego al hospital, el doctor encargado le dijo que su padre había sido atropellado por un ladrón que se encontraba a la huida.

-          ¿Un accidente? – se decía Jaime así mismo sin poder creer en la situación.

Jaime permanecía incrédulo, mientras tanto el medico continuaba con su informe:

-     -  Señor su padre está en cirugía este momento, su situación es crítica pero tenemos la esperanza de salvarlo.

Jaime sabía que todos los seres humanos eventualmente se morían, el mismo no era ajeno a eso, pero no fue consciente de la naturaleza y vulnerabilidad de su papa sino hasta ese momento.

La espera le pareció interminable. Al fin, dos médicos salieron de la sala de cirugía y le informaron que habían logrado estabilizar los signos vitales de su padre. El sintió esas palabras como una bocanada de aire puro que le limpiaba todo su sistema, y entonces llego el alivio pero agarrado de la mano con la expectativa.

Al cabo de unas horas, el y su familia obtuvieron el permiso para entrar al cuarto a verlo y poder hablar con él.

El viejo moribundo apenas pudo reconocer el rostro de su hijo y lo llamo moviendo ligeramente el dedo índice de su mano derecha.

Jaime vio este movimiento y con apuro se acercó al lecho de su padre lo más que pudo.


El viejo movió sus labios lentamente solo para alcanzar a susurrarle a su hijo al oído con su último suspiro: “acostúmbrate a la incertidumbre”

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