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Ya no es nada inusual. Los
colombianos nos hemos enfrentado en los últimos años a un caudal incesante de
noticias y hechos de corrupción que lentamente van devorando nuestros
televisores y van consumiendo nuestra mente con una lluvia acida de
pensamientos negativos y frustraciones apaciguadas.
El invierno ha azotado nuevamente
nuestros país con tragedias como la vivida en Mocoa, los deslizamientos de
tierra en Manizales, los barrios y veredas de distintas poblaciones de nuestro país
arrasados por ríos y vertientes que pierden el control de sí mismos; las ya
acostumbradas inundaciones de las vías principales de nuestras ciudades
costeras, y ahora los capitalinos nos evidenciamos como fieles testigos de cómo
una de las obras más esperadas (y polémicas) de nuestra ciudad colapsó, se inundó
y nos deprimió a un extremo el cual su nombre jamás nos pudo haber anticipado.
La naturaleza es sabia y no es
coincidencia que precisamente exista este momento coyuntural donde el agua saca
a luz vestigios de corrupción de un estado que necesita depurarse y limpiarse.
El agua limpia y purifica dicen
unos, otros dicen que arrastra y destapa todo aquello que tiene que salir a flote.
No es fortuito que el efluvio de calamidades naturales que llego con este
invierno sea concomitante con la exposición del fenómeno de corrupción latente
en nuestro país.
Es un invierno de secretos que se
ha convertido en la piedra angular que nos ha mostrado el verdadero estado y la
extrema vulnerabilidad de nosotros como pueblo y de nuestro país ante fenómenos
climáticos, sociales y políticos como el que estamos viviendo.
Quizá esta sea la oportunidad para
aprovechar el agua y su energía para convertirla en un motor de reflexión, acción
y cambio.
Pensemos: ¿Qué tal si cada vez
que nos bañamos, aprovechamos ese buen chorro para limpiarnos de ese
pensamiento egoísta y más bien nos prometemos guardarnos ese papelito hasta la próxima
caneca de basura que encontremos?, ¿Qué tal si cada vez que nos atrapa la
lluvia en la calle, ayudamos al vecino buscando resguardo, o quizá ayudamos a algún
animal callejero, y de paso le damos algo de comer?
¿Por qué no cada vez que nos lavamos las manos, pensamos en
aquellos que se las lavan todos los días pero de sus responsabilidades, y en
cambio, tratamos de aceptar más las consecuencias de nuestros actos con la
frente en alto y sin miedo?
Pero recuerden, no se demoren demasiado, porque entonces se nos va a agotar y va a llegar a ser mucho más costosa que aquella corrupción que está destapando y ojalá, limpiando.
