Ese
día me habían despedido de mi trabajo y lo único que había recibido de regalo
era una estúpida bufanda roja. Con todo lo que tenía en mis manos, esa bufanda solo
me estorbaba en mi salida.
Tomé
el primer taxi y le dije que me llevara a mi casa. Dentro del taxi hacía calor.
No entendí por qué me la habían obsequiado.
Durante
el recorrido el taxista me preguntó si me habían echado de mi trabajo. Yo le
dije que le diría la verdad si sólo aceptaba esa apestosa bufanda como parte del
pago. Él me contestó que no quería la bufanda, que la guardara, que todo en mí
indicaba que yo la necesitaba. Yo no entendí y no me aguantaba las ganas de
librarme de esa inútil prenda.
Apenas
llegué a mi apartamento, le pagué al taxista y me bajé lo más rápido que pude.
De pronto, la bufanda se resbalaba de mis hombros y con una sonrisa cómplice la
dejé caer libremente sobre el pavimento. En ese momento un vagabundo bastante
curioso me tocó el hombro derecho con su mano y me dijo:
- Amigo, ¡se le ha caído la bufanda!
Yo lo miré con desdén, con desesperación en
mis ojos y le contesté:
- Tranquilo, quédese con ella, yo no la
quiero.
- Pero la necesita más que yo – afirmó
rápidamente el vagabundo y resolvió tirármela encima de mis brazos mientras se
alejaba riéndose a carcajadas.
Resignado,
abrí la puerta de mi apartamento y descargué todo en el piso. Me dirigí a mi
habitación a recostarme en mi cama. Caí en cuenta que sin mi trabajo, se venía
un gran cambio. Me sentí solo. Todo mi hogar se sentía gélido, ausente, se veía
muerto, vacío. Agarré con mis manos la bufanda, tratando de darle un uso,
arropé con ella mis manos y mi cuello. Al hacer esto, las palabras del taxista
y del vagabundo cobraron sentido. Ese odio y desprecio hacia la bufanda roja,
ahora me abrazaban y me brindaban alivio.
