Mi querida Amanda,
Mientras te escribo esta carta,
estoy casi seguro que me encuentro rodeado de una amigable fauna tropical con
sus característicos colores y ruidos. Oigo loros y canarios. Aullidos y
graznidos, pero aunque oigo sus sonidos, no soy capaz de comprobar su procedencia.
Puedo decir con tranquilidad y certeza que no me siento furtivo ni acelerado.
Solo soy un espectador de la magnitud de paisajes que me brinda este paraje,
pero no sé dónde estoy.
Tengo claro, eso sí, que cada
amanecer abro mis parpados. Una luz blanca muy poderosa invade mis ojos y poco
a poco aparece ante mí una gran hojarasca, un lienzo vibrante, lleno de verde y
de relieve.
Luego estiro mis brazos y mis
piernas, algo sucias, cansadas, quizá también algo viejas y usadas. Mis
piernas se estrellan con piedras y pedazos de tronco. Encuentro que mi mano
izquierda sujeta fuertemente un machete corto hecho de acero forjado, y mi mano
derecha se encuentra paralizada y un poco agarrotada por estar aferrándose a la
superficie de un coco. Esto suele repetirse todas las mañanas.
Y Amanda, no te estoy hablando de
aquel ser sobrenatural que todas las noches solía usar contigo para amedrentar
a nuestros hijos (que bien, sí me sería útil para ahuyentar un poco la ausencia
y austeridad que me acompañan).
Te estoy hablando de un simple
coco, ese aquel que se consigue en cualquier plaza de mercado. De uno de esos
tantos que existen y tanto gustan. Aquí hay muchos de ellos, y he llegado a
pensar que ellos y yo somos los únicos habitantes de este grandioso sitio. Es
por eso, que me he visto obligado a optar por el canibalismo. No me ha quedado opción.
Ellos se han convertido en mi único sustento, por ende he decidido que puedo prescindir
de alguno de ellos.
En realidad, te quiero hablar es
de este coco particular que se despierta conmigo todas las mañanas reposando sobre
mi mano derecha.
He agotado mi raciocinio y la lógica
tratando de entender como este coco termina en ese mismo lugar todas las
mañanas. Tú me conoces muy bien y sabes que jamás, ¡nunca! Duermo en el mismo
lugar o al menos, de la misma manera o en la misma posición. Sin importar que
haga o deje de hacer: poniendo piedras, quitando tierra, durmiendo al borde de
un risco o debajo de un árbol, ese coco no se aleja, sigue ahí; inmune a mis
esfuerzos, quieto en el mismo sitio. No me suelta. Me acompaña.
Amanda, ya sé que estás pensando
y créeme que con todas las fuerzas de mi ser lo he intentado. He tratado todos
los santos días de romperlo. Quebrarlo. Hacerlo pedazos y así devorarlo, pero todo
mi brío ha sido en vano.
Lo he levantado y lo he arrojado
contra árboles, muros de piedra, contra sus propios hermanos y siempre fallo en
mi propósito. Incluso, una vez intente quebrarlo con aquel machete que cargo
conmigo. Siempre recuerdo que ese machete fue un regalo especial de tu padre en
mi último cumpleaños antes de su muerte. Desafortunadamente, el coco fue más
fuerte y lo único que logre fue que la hoja de acero se doblara, y así,
convertir ese regalo y legado tan bonito, en una preciosa pero inservible chatarra.
Eso me dolió hasta mis entrañas.
Antes de escribirte esta carta,
ya había concebido lo inevitable. El coco me había vencido, me doblego y me venció
(y soy consciente de lo absurdo e inverosímil que debe leerse eso). Su fuerza
de voluntad y ganas de seguir adelante me han sobrepasado.
Su victoria me recuerda lo frágil
que fue mi voluntad cuando me ampare en tu templanza y tu paciencia para
mantener en pie las pocas columnas que sostenían en cuidados intensivos los
rezagos de nuestro matrimonio.
Ya han pasado cerca de 2 semanas
desde mi derrota y el sigue ahí, despertando conmigo todas las mañanas. Decidí
ponerle un nombre a mi contrincante y lo bautice como Samuel (por favor no te
burles, en mi locura opte por despertarme conmigo mismo justo a mi lado).
Ese bautizo tiene una razón de
ser, y es que quiero convertirme en ese coco Amanda. Quiero ser tan poderoso y
constante para soportar la desidia de vivir aquí solo. De tener una coraza tan
resistente que soporte el tamaño de mis nuevos pulmones llenos de una nueva
esperanza.
Una nueva esperanza y entereza
para poder volver a casa, a mi hogar. Demostrarme y demostrarte que a pesar del
desasosiego que causa esta distancia, voy a resistir y aguantar para estar contigo
a tu lado lo que más pueda. Como el coco. En definitiva quiero convertirme en
ese coco.
Un gran abrazo y enorme beso,
Samuel

No hay comentarios.:
Publicar un comentario