Arrodillada en el patio trasero de su casa, ella recordó que tenía que
apresurarse.
La reunión de su muñeca Stacy con sus amigas Lulu, Morena y Paty debía de terminar muy pronto si no quería llegar tarde y sucia a la reunión de su sexto cumpleaños.
Y sí, Lorena recordó que hoy cumplía seis años y una gran sonrisa se dibujó en su rostro. Pero no era por su cumpleaños, era porque por fin había podido terminar la importante reunión de sus muñecas y ahora sí podía continuar con los planes que habían hecho hacía un tiempo atrás.
Cuando se levantó del suelo, la niña se dio cuenta que sus piernas y sus muslos no le respondían de la manera como ella había querido. Sintió un extraño cosquilleo que significaba que sus piernas y pies se habían dormido. Además se dio cuenta que sus medias y su falda, ambas de un color magenta claro, se habían untado de tierra con manchas que parecían quedarse estampadas por siempre.
Inmediatamente, empezó a sacudir su falda moviendo todo su cuerpo al
ritmo de una canción ausente, y al mismo tiempo usaba sus manos para palmearse
y tratar de despertar sus piernas del sueño y adormecimiento tan absurdo en el
que se encontraban.
Y mientras se sacudía la tierra y trataba de despertar sus piernas,
ella no se dio cuenta que detrás de ella se había asomado una sombra que
ocultaba los últimos rayos de sol de la tarde, y que de repente empezó a
gritarle usando toda la potencia de su voz.
- ¡Lorena, apúrese que ya todos sus tíos llegaron! ¡Vístase, límpiese
y vaya cámbiese que los demás no demoran en llegar! -, dijo la gran sombra
oscura con una gran energía.
Lorena se giró y entendió entonces que aquella sombra y voz
correspondían a la de su madre Inés.
Ella siempre pensó que su madre mostraba un carácter fuerte y reacio cuando se refería o hablaba con ella, y en esta ocasión nada de eso había cambiado.
Ella siempre pensó que su madre mostraba un carácter fuerte y reacio cuando se refería o hablaba con ella, y en esta ocasión nada de eso había cambiado.
Apenas levantó su mirada, se irguió en sus pies y con la espalda lo
más recta posible e inclinando su cabeza hacia adelante le contestó:
- Ya voy mamá, enseguida voy y me alisto.
En ese momento, Inés la miró y simulando una pequeña sonrisa asintió
con su cabeza y empezó a caminar rápidamente de vuelta al primer piso de la
casa.
Este comportamiento era muy habitual en Inés, pues siempre había sido una mujer seria que no aparentaba nunca su verdadera edad y para la cual, las expresiones corporales y faciales siempre eran un reto en sus relaciones con los demás.
Este comportamiento era muy habitual en Inés, pues siempre había sido una mujer seria que no aparentaba nunca su verdadera edad y para la cual, las expresiones corporales y faciales siempre eran un reto en sus relaciones con los demás.
Lorena empezó a correr de vuelta a la casa y a su habitación. Y en ese
momento no podía recordar cuando había sido la última vez que su mamá Inés la
había abrazado o besado, o incluso siquiera tocado.
Una vez llegó a su habitación, se dio cuenta que como siempre, su madre ya le había dejado todo listo. Su vestido enterizo color caramelo, sus zapatos de charol color chocolate y un par de medias blancas que eran sus favoritas. Desde que tenía memoria, su mamá nunca la había vestido o le había ayudado a vestir, siempre el encargado de esa tarea había sido su papá.
Ella corrió hacia la habitación de sus padres y les pidió permiso para poder vestirse sola, y este permiso le fue concedido.
El sol ya se había ocultado y la luna y las estrellas decoraban el
cielo con una luz y energía algo misteriosa. El primer piso de la casa ya se
encontraba decorado con bombas de todos los colores.
En la sala, Inés y sus hermanos habían puesto las sillas en círculo contra las paredes de la sala, y en el centro habían ubicado la gran mesa comedor que estaba adornada con un increíble mantel color blanco hueso.
En la sala, Inés y sus hermanos habían puesto las sillas en círculo contra las paredes de la sala, y en el centro habían ubicado la gran mesa comedor que estaba adornada con un increíble mantel color blanco hueso.
Encima de la mesa
estaban ubicados en su respectivo sitio unas botellas de vino y champagne, copas,
vasos, los regalos de Lorena y en el centro de la mesa el invitado más
importante: la gran torta de cumpleaños con una llamativo número seis que
correspondía a la vela de cumpleaños que la niña debía soplar en un corto rato.
Los invitados empezaron a llegar y fueron ubicados en sus respectivas
sillas, mientras entablan amenas conversaciones entre ellos.
Inés por su parte, vestía un traje enterizo color azul océano que le
tapaba completamente todo su cuerpo. Se movía de un lado a otro organizando la
fiesta, hablando con los invitados y asegurándose que todos se sintiesen lo
mejor posible.
De repente, una niña se asomó corriendo como loca en el centro de la
reunión y pegó un grito que asustó a todos los invitados. Una vez la impresión
y el susto general de la audiencia se calmó, la niña se dio vuelta y volvió a
salir corriendo con los cachetes colorados y con una expresión en su cara que
daba la impresión que se iba a orinar del susto.
Inés no podía dejar pasar esto por alto y pidió que alguien la fuera a
buscar y la trajera de vuelta a la fiesta. Su fiesta. Ella prosiguió y le
encargo esta tarea a una prima de Lorena que era un par de años mayor que ella.
Por fin la niña regresó al centro de la sala agarrada de la mano de su
prima mayor, Lorena miró a toda su familia ahí reunida y los saludó. Todos los
invitados le sonrieron a la niña que cumplía años e inmediatamente levantaron
todas sus copas y gritaron:
- ¡Por Lorena, que cumpla muchos años más, salud!
Luego, todos los invitados se levantaron de sus asientos y empezaron a
chocar copas con una gran emoción y alegría.
Toda una fiesta había empezado y
Lorena empezó a pasearse por toda la sala mientras se iba aguantando todo tipo
de saludos y felicitaciones, y digo aguantando porque ella lo que realmente
quería hacer era correr, jugar, dar botes y vueltas y quizá probar uno o dos
bocados de la comida tan llamativa y deliciosa que podía oler y sentir desde la
cocina; pero desafortunadamente su madre la había obligado a recibir y atender
a cada uno de sus invitados, de lo contrario, sería visto como un gesto de mal
gusto e Inés no quería que los demás pensaran que su hija era una niña grosera
e inculta.
Acercándose el evento principal de la reunión, un tío al que todos
llaman José empezó a gritar que la cumpleañera debía tomarse una foto de
cumpleaños y una vez dicho esto, Lorena tomó esto como la oportunidad precisa
para salir corriendo y más rápido que un
trueno se paró justo detrás del gran comedor al lado izquierdo de su torta de
cumpleaños.
Ella sonrió esperando que alguien sacara alguna cámara fotográfica y
tomara la foto. Más o menos cuatro personas empezaron a enfocar con sus cámaras
y mientras los nervios la invadían por ver tantas personas emocionadas y
felices, otra vez, no se percató que un gran adulto se empezaba a ubicar justo
a su izquierda.
Inés se aproximó lo más cercana que pudo junto a su hija y justo en el
momento en que todos los fotógrafos gritaron: “¡whiskey!”, ella alzó su brazo
derecho y suavemente apoyo su mano sobre el hombre derecho de su pequeña hija.
En ese momento, la pequeña niña de seis años sintió que una gran
energía empezaba nacer de su centro, de su pequeño abdomen. Era un fuego
interno y eterno porque por primera vez en su vida, su mamá la acogía entre sus
brazos y de ese antebrazo, mano y regordetes dedos emano una energía cálida
pero certera, y entonces, una gran felicidad brotó de su corazón y se reflejó en
su inocente rostro.

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