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Un día cualquiera en nuestra vida
nos la pasamos solucionando problemas.
Estoy seguro que sí somos capaces
de parar un momento y reflexionar sobre nuestras vidas, podremos ver como la mayoría
de nuestro tiempo lo enfocamos en ayudarle al otro, en responder una necesidad
de un cliente, en atender un llamado de un colega, cumplir el proyecto de una compañía,
dar soporte a algún familiar o ser querido, y entre otras, en tomarnos algo de
tiempo en algunos “problemas” que vemos en nosotros mismos.
Quizá la palabra adecuada no es
problema, pero si pareciera que la vida de nosotros como seres humanos son
periodos de tiempo donde tenemos la necesidad de sentirnos útiles para los demás
o para nosotros mismos y de pronto, dejar algún legado.
Tengo la fe y la esperanza que
nosotros no fuimos hechos para, ni nuestro propósito general en la vida es ser útiles;
nuestro propósito en la vida es el crecimiento, la evolución y el gozo de ese
regalo sagrado que poseemos en cada uno de nuestros cuerpos: La vida en sí
misma. Nuestro propósito en la vida, es nuestra vida.
Quiero llamar e invocar al ser
humano que habita en cada uno y que se comprometa a sentir cada instante que
nos regala el tiempo, de pronto a experimentar la vida como un juego de rol.
Recuerdo que en mi niñez este
tipo de videojuegos eran mis favoritos; se caracterizan porque te asignan (o
creas) un personaje que empieza desde un nivel muy bajo y debes desarrollar la
vida de tu personaje por medio de aventuras, misiones y viajes que le van
inyectando experiencia que eventualmente se trasforma en un aumento de nivel y así,
puede conseguir superar retos y obstáculos cada vez más difíciles a medida que
avanzas en el juego.
Si abrimos nuestra mente solo por
un instante, quizá podamos ver nuestra vida como estos videojuegos, donde aquellos
nos dan las herramientas necesarias para entender que a veces la vida se mueve
como un espiral. Empezamos desde nuestro nacimiento aprendiendo y superando
retos, luego viene la niñez con sus aprendizajes y aventuras, y a medida que
vamos creciendo sentimos que cada etapa es distinta, más diferente que la
anterior y nuestras responsabilidades van aumentando.
A veces nuestros entornos físicos
y emocionales no cambian mucho y sentimos que estamos dando vueltas en círculos
o que simplemente estamos cometiendo los mismos errores y no aprendemos.
Pues les tengo buenas noticias:
En realidad si son círculos pero
de una espiral, tomamos la misma ruta todos los días, caminamos por los mismos
caminos, vamos al mismo café, el mismo trabajo, e incluso así, nunca estamos en
el mismo nivel.
Cada día que pasa estamos en una etapa
distinta de la espiral de nuestras vidas, podemos sentir emociones similares
pero ya pasamos por ahí con una enseñanza distinta, esta vez nos llega otro
aprendizaje.
Aunque quisiéramos estar estáticos
y experimentar esa sensación de soledad o estancamiento, la misma espiral nos
jala a la fuerza a seguir moviéndonos incluso si no queremos; entonces ahí, nos
echan del trabajo, nos bota nuestra pareja, se muere algún ser querido,
sufrimos algún accidente o trauma o también, nos ascienden, logramos la
libertad financiera o emocional, nace nuestro primer hijo, nos casamos o nos
vamos a vivir a algún lugar diferente.
Estas experiencias no llegan
solas, siempre van tomadas de la mano con sentimientos y emociones que
disfrutamos y que otras veces, no tanto.
De todas maneras, bienvenidos a
la espiral de nuestras vidas. Lo bueno de todo este viaje y este regalo es que
si hay algo constante, estático que nunca va cambiar en nosotros. Es nuestra
habilidad para poder sentir, expresar, decir y mostrar como nuestra alma vibra
con el otro y nuestro corazón resuena en cada segundo donde sentimos una conexión
mágica y especial entre dos seres humanos.
Definitivamente es muy grato ver
un espiral crecer y evolucionar por sí solo, pero es más reconfortante ver como
dos espirales se unen y se sincronizan en un baile para alcanzar a ser simplemente
uno.

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