Sancho terminó su taza de café y aún no tenía claro que debía hacer primero: La reseña que le había pedido su jefe sobre la tipología y el perfil de las personas que emplean para trabajar en las tiendas de comida orgánica y tiendas “fitness”, o por el contrario si iba a cumplir la promesa que se hizo a si mismo de entregarse otra vez como cuando sintió en el pasado, que la química que aprendió en el colegio le había alcanzado; justo cuando el resplandor de una bella sonrisa lo había fulminado. Eso, claro está, era una gran decisión por tomar. Un gran dilema.
Por otro lado, una cantidad indeterminada de folios de colores, de propuestas y proyectos artísticos habían llevado a Adriana a su punto de ebullición. En su cabeza, y consciente del odio que iba a sentir por la decisión que estaba a punto de tomar, pensó que realmente necesitaba un trago amargo de café, porque esa bebida hedionda era la única, que en su sano juicio, podía quitarle el dulce y el empalago a la suave melcocha en la cual se estaba convirtiendo su cerebro.
Así, un día sin más por casualidad, Adriana y Sancho terminaron encontrándose en un sitio bizarro; sin saberlo ambos acudieron a una reunión de un grupo llamado “lideres anónimos”. Este fue un grupo creado, entre otras cosas, para personas que son o fueron líderes en rehabilitación, que habían recaído en el más profano y absurdo vicio de esperar que otros les den las herramientas para volver a ser quienes realmente son.
Aunque la decisión de Sancho era importante, no así era tan urgente; La primera reunión de “lideres anónimos” le dio luces para entender que tenía ciento veinte horas para tomar la mejor decisión en su diatriba y quizá distraerse en el camino. Al fin y al cabo no vinimos a este mundo para sufrir sino por el contrario, para vivirlo gozando – pensó él.
En cambio Adriana se alegró de aprender algo nuevo, ella, una mujer que no le interesa caer bien a todo el mundo. Pero goza de fuerte voluntad para aprender y relajarse aunque a veces sea algo distraída. Por eso tengo que anotar o escribir todo para concentrarme – suele decir ella.
El grupo se reunía todos los viernes en la tarde y los sábados en las mañanas. Sancho y Adriana eran parte de un grupo de 20 personas buscando vencer esa demandante necesidad de reconocimiento y popularidad.
Ese mismo primer día, el facilitador juntó a la fuerza a Sancho y Adriana para una actividad de trabajo en parejas.
Sancho era consciente que esquivaba la compañía de Adriana pero no sabía el porqué de ese comportamiento. Él no sabía el motivo que lo impulsaba a cometer tal acción.
Adriana no es boba y se dio cuenta de eso y siendo como es ella, se lo echo en cara:
- Tranquilo Sancho, le tocó hacerse a mi lado así no quiera, no pasa nada – exclamó Adriana con aires infundados y una pizca de sarcasmo en su voz.
- ¡Sí que vaina!, pero cuando toca pues toca, ¿no? – respondió Sancho con resignación.
Ya en la cuarta reunion, un facilitador diferente le propuso al grupo un ejercicio donde tenían que contarle al compañero de al lado que era aquello que más les importaba o anhelaban en la vida.
Una aleatorización provocada por una impuntualidad los junto de nuevo.
- ¿A usted que le gusta? – preguntó Sancho sin maquillaje ni arandelas.
- A mí me gusta escuchar música y viajar siempre que me sea posible, ¿y a usted? – contestó Adriana con algo de entusiasmo.
- Pues yo estoy metido con el cuento de la lectura y la escritura.
- Mejor dicho, igualito a lo que hacíamos en el colegio – exclamó ella en tono burlón.
- Pues más o menos es de lo mismo, sí.
- ¿y eso es lo que más anhela y desea? – preguntó Adriana con ánimo de dar por concluida la tarea.
- Pues en realidad lo que más quiero y anhelo es tomar una decisión muy importante en las horas restantes que me quedan.
- ¿Cómo así?, ¿Se va a morir? – Preguntó ella sorprendida y asustada.
- ¡Ja! no, solo es el tiempo que me queda hasta que se acabe este grupo – le aclaró el con una voz risueña.
- Tan bobo.
- ¿Ahora me insulta, Adriana?
- No me ponga atención – lo cortó ella para que no siguiera hablando.
- Entonces cuénteme, ¿Qué es lo que usted más anhela y desea? – preguntó el aclarándose la garganta.
- Pues lo que yo más anhelo es que se cumpla mi deseo.
- ¿Cómo así? ¿Cuál deseo?, no entiendo. - preguntó Sancho sintiéndose algo confundido.
- No sé si sepa pero está relacionado con una historia que nació en Japón durante la segunda guerra mundial. Había una niña llamada Sadako que fue víctima de los bombardeos de Hiroshima y como consecuencia desarrollo un cáncer a esa corta edad. Ella se enteró de la leyenda de las mil grullas. Esta leyenda dice que toda persona que sea capaz de hacer mil grullas de papel se le va a conceder cualquier deseo. Entonces, ella empezó con ímpetu a construir las mil grullas para poder curarse del cáncer. Desafortunadamente, la pequeña murió antes de poder completar las mil grullas. Muy triste esa historia, ¿no?
- Pues sí me parece muy triste la historia, pero no entiendo que tiene que ver con su más grande anhelo. Le confieso que me llenó de curiosidad – dijo Sancho.
- Pues Sancho, tiene que ver todo. Primero, porque tengo un gran sueño que no le voy a contar, no lo conozco, pero sí le puedo contar que hace un tiempo empecé a hacer mis propias grullas de papel para que se me cumpla mi deseo. Mis amigos me ayudaron y alcance a llegar a las doscientas. – exclamó Adriana con orgullo y admiración.
- ¿Eso quiere decir que su sueño también se quedó congelado y pendiente como el de Sadako? – preguntó Sancho con marcado interés en su tono de voz.
- ¡Jamás! ¡Mi sueño sigue más vigente que nunca y más vivo y latente de lo que jamás ha estado!
Pasada una media hora, el facilitador notifico al grupo entero que el tiempo para la actividad había terminado.
Para la última reunión de líderes anónimos, todos los 20 participantes habían formado un grupo muy unido, se habían limpiado energías y fantasmas del pasado y estaban celebrando, compartiendo tragos, pasa bocas y charlas entre ellos.
Adriana y Sancho estaban muy entretenidos hablando con diferentes grupos que se habían formado en ese evento. Él se dio cuenta que su vaso ya estaba vacío y se acercó a la mesa más cercana para servirse otro trago de whisky. Tomo la primera botella que vio a la mano y estaba muy concentrado en servir la medida adecuada para que el licor no le jugara en contra y tuviera una mala pasada.
Al terminar su servida, se giró y tropezó con Adriana que estaba en la misma mesa agarrando un poco más de maní con pasas que ya se le habían acabado.
- ¿Cómo le termino de ir con su importante decisión Sancho, la pudo tomar?
- Si Adriana, creo que ya tome una decisión. ¿Y cómo le termino de ir a usted con su gran anhelo secreto?
- La verdad no lo sé. No ha pasado nada Sancho, pero lo que sí le puedo asegurar es que mi gran sueño se va a cumplir. Créame lo que le digo.
- Yo le creo Adriana…a propósito, tome esto. – estiro Sancho su brazo izquierdo mostrando un sobre blanco en su mano.
- ¿Qué es esto? – pregunto ella algo sorprendida.
- Pues lo que está viendo, un sobre – confirmó Sancho mirándola fijamente a los ojos.
- ¡Tan bobo! Claro que sé que es un sobre, pero me refiero… ¿Qué contiene?
- Las doscientas dos – contestó Sancho.

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